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La historia de un ojo morado

(Rodrigo Moya).- Tal vez Gabriel García Márquez sea el más popular de los mortales, porque es asombrosa la cantidad de gente que en una reunión o fiesta cualquiera se refiere al escritor como ”el Gabo”, como si lo conociera de toda la vida o fueran primos hermanos del premio Nóbel. Algunos hasta hablan de él como “el Gabito”, pero en más de una ocasión he descubierto a ciencia cierta que dicha familiaridad es ficticia, y que quienes lo tratan con tal confianza quizás lo han leído de cabo a rabo, pero nuca han cruzado una palabra con él.

Mi madre, Alicia Moreno de Moya, sí que podía referirse a Gabriel García Márquez y a Mercedes Barcha, su esposa, como amigos muy cercanos, y referirse a él como mi Gabito o Gabo de mi alma, y a Mercedes como Meche linda, o mijita linda, y en medio de cualquier diálogo soltar un ¡eh Ave María!, o unos más contundentes carajos y varios pendejos, que a veces eran de cariño, y a veces simplemente una especie de sustantivo o calificativo de difusas connotaciones.

Y es que Alicia era una colombiana de Medellín, una antioqueña de pura cepa, una auténtica paisa, como la definía el propio García Márquez. El y Mercedes la querían como una de los mejores representantes de la colombianidad en México, por allá a principios de los años 60 del siglo pasado, cuando lo conocí en aquella casa de mi madre que era una especie de embajada paralela de Colombia en México, cuando la oficial estaba ocupada por los militares de la dictadura en turno.

En alguna de aquellas fiestas de intelectuales y artistas de destinos aún inciertos, el tal Gabo no me cayó muy bien que digamos. En plena reunión él se tendió en uno de los largos sofás, la cabeza apoyada en el brazo acodado, y desde esa posición como de marajá aburrido sostenía escuetos diálogos, o emitía juicios contundentes o frases entre ingeniosas y sarcásticas.

Estaban aún lejos Cien años de soledad y el premio Nóbel, pero el paisano de mi madre se comportaba ya con una seguridad y cierta arrogancia intelectual que no a todos agradaba. Poco después leí La hojarasca, y luego Relato de un náufrago, y El coronel no tiene quien le escriba, y todo lo que escribiría a lo largo de los siguientes casi 50 años, y entendí entonces porqué aquel tipo de bigote y gestos como de fastidio y pocas pero contundentes palabras como de frases célebres, podía recostarse en el sofá en medio de una ruidosa tertulia y decir lo que le viniera en gana.

Por aquellas tertulias en la casa materna fue que tuve cercanía amistosa con García Márquez, con Mercedes y sus hijos adolescentes, Rodrigo y Gonzalo. Yo sí tenía el derecho de llamarlo Gabo, pero nunca llegué a llamarlo Gabito, pues de alguna manera lo he visto como un gigante al que no le van los diminutivos. Siendo fotógrafo y amigo, no le pedí alguna vez que posara para mí, y cuantas veces los visité en su casa fue sin la cámara en el hombro. Ahora tal vez me arrepiento.

Por eso, fue natural que el 29 de noviembre de 1966 el Gabo apareciera por mi apartamento en los Edificios Condesa para que le tomara algunas fotografías para ilustrar la solapa o la contraportada del libro que había terminado después de dos años de trabajo, y estaba ya en manos de los editores. Llegó acompañado de nuestro mutuo amigo Guillermo Angulo, quien había sido mi maestro, pero en esos años trabajaba como cónsul de Colombia en Estados Unidos.

El saco que había escogido Gabo para aquella sesión era despampanante, y estuve tentado de sugerirle mejor una foto en camisa arremangada o prestarle una de mis chamarras, pero usaba la prenda con tal naturalidad que adiviné que la amaba y así las fotos se hicieron a su manera. La foto era para Cien años de soledad, cuya edición se preparaba en Buenos Aires. Pero nadie sabía, quizás ni él mismo, lo que ese título significaría en la historia de la literatura.

Casi 10 años después, el 14 de febrero de 1976, Gabriel García Márquez volvió a tocar el timbre de mi casa, ya por distintos rumbos, en la colonia Nápoles, para que le tomara otras fotografías. Esa vez lo notable no era el saco de cuadritos, sino el tremendo hematoma en el ojo izquierdo y una herida en la nariz, causada por el puñetazo que dos días antes le había propinado su colega y hasta ese momento gran amigo Mario Vargas Llosa.

El Gabo quería una constancia de aquella agresión, y yo era el fotógrafo amigo y de confianza para perpetuarla. Claro que pregunté azorado qué había pasado, y claro también que Gabo fue evasivo y atribuyó la agresión a las diferencias que ya eran insalvables en la medida que el autor de La guerra del fin del mundo se sumaba a ritmo acelerado al pensamiento de derecha, mientras que el escritor que 10 años después recibiría el premio Nóbel, seguía fiel a las causas de la izquierda.

Su esposa Mercedes Barcha, quien lo acompañaba en aquella ocasión luciendo enormes lentes ahumados, como si fuera ella quien hubiera sufrido el derechazo, fue menos lacónica y comentó con enojo la brutal agresión, y la describió a grandes rasgos: En una exhibición privada de cine, García Márquez se encontró poco antes del inicio del filme con el escritor peruano.

Se dirigió a él con los brazos abierto para el abrazo. ¡Mario…! Fue lo único que alcanzó a decir al saludarlo, porque Vargas Llosa lo recibió con un golpe seco que lo tiró sobre la alfombra con el rostro bañado en sangre. Con una fuerte hemorragia, el ojo cerrado y en estado de shock, Mercedes y amigos del Gabo lo condujeron a su casa en el Pedregal.

Se trataba de evitar cualquier escándalo, y el internamiento hospitalario no habría pasado desapercibido. Mercedes me describió el tratamiento de bisteces sobre el ojo, que le había aplicado toda la noche a su vapuleado esposo para absorber la hemorragia. Es que Mario es un celoso estúpido, repitió Mercedes varias veces cuando la sesión fotográfica había devenido charla o chisme.

Según los comentarios que recuerdo de aquella mañana, mientras ambas parejas vivían en París los García Márquez habían tratado de mediar los disturbios conyugales entre Vargas Llosa y su esposa Patricia, acogiendo sus confidencias. Como suele suceder, los consejos o comentarios de la pareja colombiana rebotaron hacia Vargas Llosa cuando éste volvió al redil y se reconcilió con su esposa.

Y lo que sea que se hubiese dicho o sucedido, el caso es que el peruano se sentía gravemente ofendido, y su furia la resolvió de aquella manera expedita y salvaje. Guarda las fotos y mándame unas copias, me dijo el Gabo antes de irse. Las guardé 30 años, y ahora que él cumple 80 años, y 40 la primera edición de Cien años de soledad, considero correcta la publicación de este comentario sobre el terrorífico encuentro entre dos grandes escritores, uno de izquierda, y otro de contundentes derechazos.

* Rodrigo Moya nació en Colombia en 1935 y se naturalizó mexicano. Es uno de los fotógrafos más importantes en la historia contemporánea. Entre su trabajo destaca la documentación de los movimientos guerrilleros, incluido un libro con material hasta aquel entonces inédito de fotografías del Che Guevara, y su colaboración con Salvador Novo en trabajos de crónica urbana

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Todos ustedes, Zombies por Robert A. Heinlein

22.17 horas Zona temporal 5.7 de noviembre de 1970. Nueva York. Bar de Pop.

Yo lustraba una copa de coñac cuando entró la madre soltera. Anoté la hora: las 22.17, zona cinco, tiempo del Este, 7 de noviembre de 1970. Los agentes temporales siempre apuntamos la fecha y la hora. Es una norma. La madre soltera era un hombre de veinticinco años, no más alto que yo, de cara infantil y temperamento quisquilloso. No me gustaba su aspecto (nunca me gustó) pero yo había venido aquí para reclutarlo. Le obsequié mi mejor sonrisa de mostrador. Tal vez soy demasiado severo.
No era afeminado. Lo llamaban así porque cuando algún entrometido le preguntaba su profesión, el hombre decía a veces:
– Soy una madre soltera. – Y si estaba de buen humor continuaba: -A cuatro centavos por palabra. Escribo historias confidenciales para revistas de mujeres.
Pero si estaba de mal humor, se quedaba esperando que alguien hiciese alguna broma. En la pelea cuerpo a cuerpo era más peligroso que un policía femenino. Este era uno de los motivos por los que yo lo necesitaba. No el único.
Esta noche venía bastante bebido, y parecía detestar a la gente más que de costumbre. Silenciosamente le serví una ración doble de aguardiente, y dejé la botella. Bebió y se sirvió otro vaso.
Pasé el trapo por el mostrador.
-¿Cómo anda el negocio de la madre soltera?
El hombre apretó el vaso. Pensé que me lo iba a tirar a la cara, y tanteé debajo del mostrador en busca de la cachiporra. Hay tantos factores, en el campo de la manipulación temporal, que no es posible correr riesgos.
Advertí en la cara del hombre una fracción infinitesimal de distensión. Ese índice que uno aprende a detectar en la escuela.
– Lo siento – dije -. Sólo quise preguntar cómo andan los negocios. Imagine que le pregunté qué tal está el tiempo.
Me miró, amargado.
– Oh, los negocios andan bien. Yo las escribo, ellos las publican, yo como.
Me serví un trago y me incliné hacia él.
– Para decirle la verdad – comenté -, usted escribe bien. He leído algunas de esas historias. Es asombroso cómo ha captado usted el punto de vista femenino.
Este era un desliz que yo debía arriesgar: él nunca me había dicho qué seudónimos usaba. Pero estaba tan irritado, que sólo retuvo mis palabras finales.
-¡El punto de vista femenino! – repitió, bufando -. Si, ya lo creo que conozco ese punto de vista.
-¿Sí? – murmuré, vagamente – ¿hermanas?
No. Usted no me creerla, si le contara.
– Vamos, vamos – repuse suavemente -, los barmen y los psiquiatras saben que nada es más extraño que la verdad. Mire, hijo mío, si usted oyera las historias oigo yo… bueno, se haría rico. Es increíble.
– Usted no sabe lo que significa “increíble”.
-¿De veras? Pues a mi nada asombra.
La madre soltera resopló o vez.
-¿Quiere apostar lo que queda de la botella?
– Le apostaré una botella entera – dije, y la puse en el mostrador.
Hice señas al otro barman – que se ocupara del negocio. Estabamos en la punta del mostrador, un lugar para un solo banquillo que yo convertía en refugio privado colocando sobre el mostrador frascos con huevos conserva y cosas por el estilo. En la otra punta había unos parroquianos mirando el boxeo, en la pantalla del televisor, y alguien hacía sonar la juke-box.
– Muy bien – dijo la madre soltera -, soy un bastardo.
– Eso no es una ninguna distinción aquí – señalé.
– Lo digo en serio – replicó. Mis padres no estaban casados.
– Ninguna novedad. Los míos tampoco.
– Cuando… – La madre soltera se interrumpió y por primera vez desde que lo conocía, me miró con cierta amabilidad -. ¿En serio?
Por supuesto. Soy bastardo cien por cien. En realidad – agregué, nadie se casa en mi familia Todos bastardos.
¿Y eso?
Oh esto. – Se lo mostré. – Parece un anillo de compromiso. Es para ahuyentar a las mujeres.
Era un a vieja sortija que compré en 1985 a un colega, que la había traído de la Creta pre-cristiana.
– La serpiente Uroboros – expliqué -, la Serpiente del Mundo que se muerde eternamente la cola. Un símbolo de la Gran Paradoja.
– Pero él apenas lo miró.
– Si usted es realmente un bastardo, sabe cómo se siente uno. Cuando yo era todavía una chiquilla…
-¡Epa! – lo interrumpí -. ¿Le oí bien?
-¿Quién cuenta esta historia?
Cuando yo era una chiquilla… Oiga, ¿nunca oyó hablar de Christine Jorgenson? ¿O de Roberta Cowell?
– Ajá, esos casos de cambio de sexo. ¿Pero usted pretende hacerme creer…?
– Vea, si me interrumpe, no hablo. A mí me dejaron en un orfanato de Cleveland, en 1945, cuando tenía un mes de edad. Después, de chica, empecé a envidiar a los niños que tenían padres. Más tarde, cuando me enteré de las cosas del sexo… y créame Pop, que se aprende rápido en un orfanato…
– Ya sé.
-…juré solemnemente que un hijo mío tendría padre y madre. Esa idea me mantuvo “pura”, cosa que era una hazaña en ese medio… Para conseguirlo, debí aprender a pelear. Después fui creciendo, y comprendí que tenía muy pocas posibilidades de casarme… por los mismos motivos por los que nadie me habla adoptado. – Hizo una mueca. – Tenía cara de caballo, dientes largos de chivo, pecho chato y pelo de cepillo.
– No parece mucho más feo que yo.
-¿A quién le importa si un barman es feo? ¿O un escritor? Pero la gente que quiere adoptar un niño, elige esos gansos de ojos azules y cabellos de oro. Más tarde, los muchachos deben tener un tórax fornido, una cara simpática y esa actitud-tan-maravillosamente-masculina… – La madre soltera se encogió de hombros.- Yo no podía competir. Decidí incorporarme a la W.E.N.C.H.E.S.
-¿Eh?
– Es la sigla de la Sección Hospitalidad y Entretenimiento del Cuerpo Nacional de Emergencia Femenino. La llaman ahora Angeles del Espacio. A.N.G.E.L. Grupo Auxiliar de Protección de las Legiones Extraterrestres.
Reconocí ambas denominaciones, cuando las ubiqué en el tiempo. Nosotros usamos todavía una tercera sigla: W.H.O.R.E., que significa Hospitalaria Orden Femenina para Alentar y Fortificar Cosmonautas , y designa a ese servicio militar de elite. El cambio de vocabulario es el peor obstáculo en los saltos por el tiempo… ¿Sabían ustedes que “estación de servicio” significó en una época un dispensario de fracciones de petróleo? Una vez, cuando yo cumplía una misión en la Era Churchill, una mujer me dijo: “Lo espero en la estación de servicio vecina”; pero una estación de servicio (en ese entonces ) no tenía una cama.
La madre soltera continuó:
– Fue entonces cuando se admitió, por primera vez, que era imposible enviar hombres solos al espacio durante meses y años. Había que aliviarles la tensión. ¿Recuerda cómo protestaron los puritanos? Bueno, eso me favoreció, ya que al principio no abundaban las voluntarias. Una muchacha debía ser respetable, preferiblemente virgen (querían adiestrarías a partir de cero), de un nivel mental superior al medio, y emocionalmente estable. Pero la mayoría de las voluntarias eran viejas busconas, o neuróticas que perderían la chaveta diez días después de salir de la Tierra. En consecuencia, yo no necesitaba ser bonita; si me aceptaban, me arreglarían los dientes de chivo, me ondularían el pelo, me enseñarían a caminar y a bailar, a escuchar a un hombre con expresión agradable, y todo lo demás… sin contar el adiestramiento para los deberes fundamentales. Si era necesario hasta me harían la cirugía estética… Ningún esfuerzo era excesivo, tratándose de Nuestros Muchachos.
“Más aún, nos evitaban los embarazos… y al término del contrato, era casi seguro que una se casaba. Lo mismo ocurre hoy: los Angeles del Espacio se casan con los cosmonautas. Hablan el mismo idioma.
“A los dieciocho años, me colocaron como auxiliar de casa de familia. La familia en cuestión quería una sirvienta barata, simplemente; pero a mí no me importaba. No podía alistarme hasta cumplir veintiuno. Hacía las tareas de la casa y asistía a la escuela nocturna. Fingía estudiar taquigrafía y dactilografía, pero en realidad iba a los cursos de atractivo personal.
“Fue entonces cuando conocí a ese farsante, con sus billetes de cien dólares. – La madre soltera torció la cara. – Un inservible, aunque realmente tenía un fajo de billetes de cien. Me mostró uno una noche, y me lo ofreció.
“Pero yo no lo acepté. El hombre me gustaba. Era el primero que se mostraba amable conmigo sin intentar otros juegos. Abandoné la escuela nocturna para verlo más seguido. Fue la época más feliz de mi vida.
“Entonces, una noche en el parque, empezaron los juegos.
La madre soltera calló.
¿Y después? – pregunté.
Y después, ¡nada !. Nunca volví a verlo. Me acompañó a casa, me dijo que me quería, se despidió con un beso y un buenas noches, y no lo vi más. Si pudiera encontrarlo concluyó la madre soltera con acento lúgubre, ¡lo mataría!
– Bueno – me condolí -, comprendo cómo se siente. Pero matarlo… nada más que por… Hum. ¿Usted le ofreció resistencia?
¿Qué? ¿Y eso qué tiene que ver?
Mucho. Tal vez se merezca Y un par de costillas rotas, pero…
-¡Merece algo mucho peor! Espere a que termine de contarle. Me las arreglé para que nadie sospechara, y me consolé diciéndome que todo era para bien; que realmente no lo había querido y que probablemente nunca querría a nadie. Estaba más ansiosa que nunca por ingresar en la W E N.H.E.S. No había quedado descalificada, pues ellos no insistían demasiado en la cuestión de la virginidad. Me reanimé.
“Sólo cuando las faldas empezaron a apretarme, comprendí.
¿Embarazada?
Como una vaca. Y esos avaros que me habían empleado se hicieron los tontos mientras pude trabajar. Después me sacaron a patadas, y el orfanato no quiso recibirme otra vez. Terminé en un hospital de caridad, rodeada por otros grandes bombos y trotacalles hasta que me llegó el momento.
“Una noche me encontré en una mesa de operaciones, con una enfermera que decía: ‘Relájese. Ahora respire hondo.’
“Me desperté en la cama, paralizada del pecho para abajo. Cuando entró el cirujano, me preguntó, muy contento:
“-¿Qué tal, cómo se siente?
“- Como una momia.
“- Natural. Está fajada como una momia, y llena de anestésico. Va a salir bien, pero una cesárea no es un chiste.
“- Una cesárea – repetí -. Doctor… ¿perdí el bebé?
“- Oh, no. Su bebé está perfectamente.
“- Ah. ¿Varón o nena?
“- Una sanísima mujercita, de veras. Cinco libras, tres onzas.
“Me tranquilicé. Ya era algo; haber hecho un bebé. Me iría a cualquier parte – pensé -, agregaría ‘señora’ a mi apellido y dejaría que la niña pensara que su padre había muerto… Mí hija no terminaría en un orfanato.
“Pero el cirujano seguía hablando:
“- Dígame, este… – evitó pronunciar mi nombre -. ¿Alguna vez observó que su sistema glandular es… extraño?
“-¿Qué? – respondí -. Por supuesto que no. ¿Qué quiere decir?
“El hombre vacilaba.
“- Se lo diré en una sola dosis. Luego una inyección, para que se duerma y se le pasen los nervios.
“-¿Nervios? ¿Por qué?
“-¿Alguna vez oyó hablar de ese médico escocés que fue mujer hasta los treinta y cinco años? Después se operó, y fue un hombre, desde el punto de vista medico y legal. Se casó. Todo perfecto.
“- Y eso, ¿qué tiene que ver conmigo?
“- Es lo que estoy tratando de explicarle. Usted es un hombre.
“Quise enderezarme.
“-¿Qué?
“- Calma. Cuando la abrí, me encontré con todo un espectáculo. Llamé al cirujano jefe, mientras yo sacaba al niño; después, con usted todavía en la mesa, celebramos una consulta… y trabajamos durante horas para salvar lo que se podía salvar. Usted tenía dos series completas de órganos, ambas inmaduras; pero la serie femenina estaba bastante desarrollada como para permitirle tener un bebé. Esos órganos, sin embargo9 ya no podían servirle de nada, así que los extirpamos y reordenamos las cosas, para que pueda desarrollarse adecuadamente como hombre. – Me puso una mano en el hombro.- No se preocupe. Es usted joven, los huesos se le readaptarán, le vigilaremos el equilibrio glandular… y haremos de usted un hermoso ejemplar masculino.
“Me eché a llorar. “-¿Y mi hija?
“Bueno” no podrá amamantarla, no tiene bastante leche. En su lugar, yo ni siquiera la vería, Le buscaría unos padres adoptivos.
“-¡No!
“El médico se encogió de hombros.
“- Usted decide. Es usted la madre, bueno… el padre. Pero ahora no se preocupe. Lo primero es recuperarse.
“Al día siguiente me dejaron ver a la niña, y seguí viéndola diariamente, tratando de acostumbrarme a ella. Nunca habla visto un recién nacido, y no imaginaba qué feos son… Mi hija, parecía un monito anaranjado. Mis sentimientos se convirtieron en la firme decisión de protegerla. Pero cuatro semanas más tarde, eso no significaba nada.
-¿Cómo?
– La secuestraron.
-¿La secuestraron?
La madre soltera estuvo a punto de voltear la botella.
– La raptaron. ¡La robaron de la enfermería del hospital! – La madre soltera respiraba con dificultad.- Y así me quitaron la última razón de mi vida.
– Feo asunto – admití -. Tome otro. No, mejor no. ¿Ninguna pista?
– La policía no descubrió nada. Alguien había ido a verla, diciendo que era el tío. En un descuido de la enfermera, se la llevó.
-¿Y el secuestrador cómo era?
Un hombre corriente, con una cara en forma de cara, como la suya o la mía, – La madre soltera frunció el ceño. – Creo que era el padre. La enfermera juró que era un hombre de más edad, probablemente se había maquillado. ¿Quién, sino él, podía robarme la criatura? Las mujeres sin hijos suelen hacer esas cosas, quién iba a decir que un hombre….
¿Qué pasó después?
– Estuve once meses más en ese horrible lugar. Me operaron tres veces A los cuatro meses empezó crecerme la barba. Antes de salir ya me afeitaba todos los días…y evidentemente era un hombre. – La madre soltera sonrió ácidamente. – Empezaba a mirarles las piernas a las enfermeras.
Bueno – admití -, me parece la cosa salió bastante bien. Se ha convertido en un hombre normal, gana bastante dinero, no. Problemas. Además, la vida de la mujer no es fácil.
La madre soltera me miró con furia.
-¡Qué sabrá usted! ¿Por qué lo dice?
¿Alguna vez oyó esa expresión, “una mujer arruinada”?
– Hum, hace años. Ya no significa mucho.
– Pues yo estaba tan arruinado puede estarlo una mujer. Ese canalla me arruinó realmente la vida. Yo ya no era una mujer, y no sabía cómo ser un hombre.
¡Supongo que es cuestión de costumbre!
– Usted no tiene la menor idea.
No hablo de aprender a vestirme, o de no equivocarse de baño en un restaurante. Todo eso lo aprendí en el hospital. ¿Pero c6mo podía vivir? ¿En qué me emplearía? Diablos, ni4siquiera sabía conducir un automóvil. No conocía un oficio, no podía hacer ningún trabajo manual: demasiado tejido cicatrizante, demasiado tierno.
“Detestaba a aquel individuo, además, por haberme quitado esa posibilidad de ingresar en la W.E.N.C.H.E.5 Pero sólo; comprendí cuánto lo odiaba cuando quise entrar en el Cuerpo Espacial. Un simple vistazo a. mi abdomen y me declararon inepto para el servicio militar. El oficial médico dedicó un buen rato, sin embargo, a examinarme. Por simple curiosidad. Ya había leído mi historial.
“Entonces cambié de nombre y vine a Nueva York. Me coloqué de ayudante de cocina en un restaurante. Después alquilé una máquina de escribir y me instalé como taquígrafo público…. ¡Qué risa! En cuatro meses dactilografié cuatro cartas y un manuscrito. El manuscrito era un cuento para Historias de la Vida Real Un desperdicio de papel. Pero el pelma que lo escribió, consiguió venderlo. Eso me dio una idea. Compré una pila de revistas para mujeres y las estudié.
“Y ya sabe usted cómo he conseguido ese acertado punto de vista femenino en mi serie sobre las madres solteras. Mediante la única versión que no he vendido: la auténtica. ¿Me gané la botella?
La empujé hacia él. Me sentía bastante trastornado, pero habla que trabajar.
– Hijo mío, ¿todavía tiene ganas de echarle el guante a ese tal por cual?
Los ojos se le iluminaron con un brillo de fiera.
-¡Un momento! – exclamé -. ¿No lo mataría?
Soltó una risa maligna.
– Póngame a prueba.
– Calma. Sé más sobre ese asunto de lo que usted imagina. Puedo ayudarlo. Sé dónde está.
Tendió la mano por encima del mostrador.
-¿Dónde está?
– Suélteme la camisa, hijo, o aterrizará en el callejón y tendremos que decirle a la policía que se ha desmayado.
La madre soltera me soltó.
– Lo siento. Pero ¿dónde, está?
– Me miró.- ¿Y cómo sabe tanto?
– Todo a su tiempo. Hay ficheros, constancias: constancias del hospital, del orfanato, constancias médicas. La directora del orfanato era la señora Fetherage, ¿correcto? Y después vino la señora Greunstein, ¿correcto? Y cuando usted era niña la llamaban Jane, ¿correcto? Y usted no me dijo nada de esto, ¿correcto?
El hombre estaba desconcertado, asustado quizá.
-¿Qué pasa? ¿Está tratando de meterme en dificultades?
– En absoluto. Sólo quiero su felicidad. Puedo poner a ese sujeto entre sus manos. Usted hace con él lo que le parezca… sin consecuencias. Pero creo que no lo matará. Tendría que estar loco para matarlo… y usted no está loco. No del todo.
– Menos charla. ¿Dónde está? Le serví un trago, chico. Estaba borracho, pero la ira equilibraba las cosas.
– No tan rápido. Yo le hago un favor. Usted me hace un favor.
– Ajá… ¿Qué?
-A usted no le gusta su trabajo. ¿Qué diría si yo le ofreciera un empleo con un gran sueldo, estabilidad asegurada, carta blanca en los gastos, usted su propio jefe, y pilas de aventuras y diversión?
El hombre me miró, boquiabierto.
– Diría: “¡Saquen eso malditos elefantes de la terraza!” Acabemos, Pop. Ese empleo no existe.
– Muy bien, digamos así, entonces: yo le entrego el hombre, usted le arregla las cuentas, después prueba el trabajo que le ofrezco. Si no es como se lo pinto, no pasó nada.
El otro vacilaba. El último trago lo decidió.
-¿Cuándo me lo entrega? — dijo con voz pastosa.
– Sí está de acuerdo… ¡ahora mismo!
El hombre extendió la mano.
-¡Trato hecho!
Le hice una seña a mi ayudante para que vigilara las dos puntas del mostrador, tomé nota de la hora -23.00, y cuando atravesaba la puertita debajo del mostrador, la juke-box empezó a chillar los compases de Soy mi abuelo. El hombre de servicio tenía orden de poner sólo clásicos del folklore americano, porque yo no aguantaba “música” de 1970. Pero yo ignoraba que esa grabación se hubiera infiltrado. Así que grité:
¡Apaga eso! ¡Devuélvele el dinero al cliente! – y agregué:
– Voy al depósito. Vuelvo enseguida.
Y allá fui, seguido por la madre soltera.
El depósito estaba al fondo del pasillo, más allá de los baños. Solo el encargado de día y yo teníamos la llave de la puerta metálica. Adentro, había otra habitación, y sólo yo tenía la llave. Entramos ahí.
La madre soltera miró borrosamente a su alrededor y no vio mas que paredes sin ventanas.
¿Dónde está?
– Enseguida viene.
Abrí un estuche. No había otra cosa en el cuarto: un modulador coordenadas portátil U.S.F.F., serie 1992, modelo II. Una hermosura, sin piezas móviles, veintitrés kilogramos totalmente cargado. Parecía una inocente valija. Unas horas antes yo lo había puesto a punto; ahora lo único debía hacer era quitar la red metálica que limita el campo de transformación. Y lo hice.
¿Qué es eso? – preguntó.
– Una máquina del tiempo – respondí y con un movimiento rápido lancé la red sobre nosotros.
-¡Eh! – gritó la madre soltera, retrocediendo.
Es una técnica: hay que lanzar la red de modo que el sujeto retroceda instintivamente hasta chocar con la malla de metal. Luego uno cierra la red y ambos quedamos completamente adentro. De lo contrario, uno puede dejar detrás la suela de un zapato, o la punta de un pie. Pero ése es el único arte que el procedimiento exige. Algunos agentes introducen al sujeto en la red con engaños; yo digo la verdad y uso ese instante de total asombro para mover la palanca. Moví la palanca.

10.30 horas Zona temporal 6.3 de abril de 1963. Cleveland Ohio. Edificio Apex.

-¡Eh! – repitió el hombre -. ¡Sáqueme esto de encima!
– Lo siento – me disculpé, sacando la red y guardándola en la valija -. Usted dijo que quería encontrarlo.
– Pero… ¡Usted me dijo que era una máquina del tiempo!
Señalé el paisaje que se veía por la ventana.
-¿Le parece que estamos en noviembre? ¿Y en Nueva York?
Mientras él observaba, estupefacto, los pimpollos nuevos y el cielo primaveral, reabrí el estuche, saqué un fajo de billetes de cien dólares y miré si la numeración y la firma eran compatibles con 1963. Al Servicio Temporal no le importa lo que uno gaste (no cuesta nada), pero le desagradan los anacronismos innecesarios. Si uno comete demasiados errores, un tribunal militar puede exiliarlo por un año en una época particularmente desagradable, 1974 por ejemplo, con su estricto racionamiento y sus trabajos forzados. Yo jamás cometo tales errores. El dinero era perfecto.
La madre soltera dio media vuelta y preguntó:
-¿Qué ha pasado?
– El hombre está ahí, afuera. Aquí tiene dinero para los gastos.
– Le di el fajo y añadí:- Ajuste sus cuentas, después yo lo recogeré.
Los billetes de cien dólares tienen un efecto hipnótico en la gente que los ve poco. Seguía pasándolos de a uno, con el pulgar incrédulo, cuando lo empujé al vestíbulo, y cerré la puerta por dentro. El próximo salto en el tiempo era fácil, un pequeño desplazamiento dentro de la misma era.

17.00 horas Zona temporal 6.10 de marzo de 1964. Cleveland. Edificio Apex.

Habían echado por debajo de la puerta un aviso que decía que el contrato de mi alquiler expiraba la semana próxima; salvo ese detalle, el cuarto tenía el mismo aspecto que un momento antes. Afuera, los árboles estaban pelados. Amenazaba nevar. Me di prisa, demorándome apenas lo suficiente para recoger dinero contemporáneo, además de una chaqueta, un sombrero y un abrigo que habla dejada cuando alquilé la habitación. Contraté un automóvil y fui al hospital. Tardé veinte minutos en aburrir lo suficiente a la enfermera de la enfermería como para poder llevarme la criatura sin que nadie me viera. Regresamos al edificio Apex. Este salto fue más complicado, pues el edificio no existía aun en 1945. Pero lo habla calculado de antemano.

01.00 horas Zona temporal 6.20 de setiembre de 1945. Cleveland. Hotel Skyview.

El equipo portátil, el bebé y yo llegamos a un hotel de las afueras de la ciudad. Previamente yo me había registrado como Gregory Johnson. Procedencia: Warren, Ohio. La habitación tenía las cortinas corridas, las ventanas cerradas y las puertas atrancadas. El piso estaba libre de obstáculos, como precaución contra las oscilaciones mientras la máquina busca una época determinada. Una silla que está donde no debe estar puede golpearlo a uno seriamente, no la silla desde luego, sino la descarga retroactiva del campo.
No hubo problemas. Jane dormía pacíficamente. La saqué, la puse en una caja de cartón sobre el asiento de un automóvil que había alquilado previamente, la llevé al orfanato, la dejé en la escalinata, recorrí dos cuadras hasta llegar a una “estación de servicio” (de las que vendían subproductos del petróleo) y telefoneé al orfanato. Después volví, a tiempo para ver cómo llevaban adentro la caja de cartón. Abandoné el automóvil cerca del motel, fui hasta él caminando, y entré al edificio Apex en el año 1963.

22.00 horas Zona temporal 6.24 abril de 1963. Cleveland. Edificio Apex.

Yo había calculado el tiempo con gran precisión. Si no me equivocaba Jane estaba descubriendo en el parque, en esa perfumada noche primaveral, que no era una chica tan “decente” como había creído. Tomé un taxi, me hice llevar a la casa de sus patrones, y ordené al conductor esperase a la vuelta de la esquina, mientras yo me agazapaba en las sombras.
De pronto los vi venir por la calle, tomados del brazo. El hombre la llevó hasta el porche, la besó largamente, más largamente lo que yo había imaginado. Después ella entró. El hombre vino caminando por la acera, dobló la esquina. Me acerqué y lo tomé del brazo.
Muy bien, hijo – le anuncié voz baja – He vuelto para recogerlo. -¡Usted! – exclamó, conteniendo la respiración.
– Yo. Ahora ya sabe quién es el otro, y si piensa un poco, sabrá quién es usted.. – y si piensa bastante, adivinará quien es el bebé… y quién soy yo.
El otro no contestó. Estaba demasiado aturdido. Es impresionante cuando a uno le demuestran que no puede resistir la tentación de seducirse a sí mismo. Lo llevé al edificio Apex y dimos un nuevo salto.

23.00 horas Zona 7.12 de agosto de 1985. Base de los Rocallosos.

Desperté al sargento de guardia, le mostré mi tarjeta de identificación, le ordené que pusiera a mi acompañante en la cama, le diera una píldora tranquilizante y lo reclutara a la mañana siguiente. El sargento estaba de mal talante, pero la jerarquía es la jerarquía, en cualquier época. De modo que obedeció, pensando, sin duda, que la próxima vez que nos encontráramos él podría ser el coronel y yo el sargento. Cosa que, efectivamente, puede suceder en nuestro servicio.
-¿Qué nombre? – preguntó
Se lo escribí. El sargento enarcó las cejas.
– Sí ¿eh? Hum…
– Limítese a hacer su trabajo, sargento. – Me volví a mi acompañante. – Hijo, sus pesares ‘han terminado. Está por iniciarse en el mejor empleo que un hombre puede tener Y andará bien. Yo sé.
-¡De eso puede estar seguro! – corroboró el sargento -. Míreme a mi nacido en 1917, y todavía ando por aquí, todavía soy joven, todavía disfruto de la vida.
Regresé a la oficina de desplazamientos, y ajusté todos los mecanismos a cero.

23.01 horas Zona 5.7 de noviembre de 1970. Nueva York. Bar de Pop.

Salí del depósito con una botella para justificar el minuto de ausencia. Mi ayudante discutía con el parroquiano que quería oír Soy mi propio abuelo. Le dije:
– Oh, déjalo que lo escuche. Después desenchufa el aparato.
Me sentía muy cansado.
El trabajo es duro, pero alguien debe hacerlo. Luego del Error de 1972, es difícil reclutar a alguien. No hay nada mejor que seleccionar a aquellos que se sienten desdichados donde están, y ofrecerles un trabajo interesante y bien pagado (aunque peligroso), para servir a una causa necesaria. Todo el mundo sabe ahora por qué fracasó la guerra de 1963. La bomba de Nueva York no estalló nunca, un centenar de otras cosas no ocurrieron como habían sido planeadas… todo gracias a gente como yo.
Pero el Error de 1972, no. No intervenimos. Y no puede ser reparado; no hay aquí ninguna paradoja. Una cosa es, o no es, ahora y para siempre, amén. Pero no habrá otro error semejante; una orden fechada en 1992 tiene prioridad en cualquier año.
Cerré el bar cinco minutos antes de lo habitual, dejando en la caja registradora una carta donde le explicaba al encargado de día que aceptaba su ofrecimiento de comprar mi parte, y que se entrevistara con mi abogado, puesto que yo me tomaba unas largas vacaciones. El Servicio cobraría o no mi participación, pero no quiere que se dejen cabos sueltos. Bajé al cuartito del depósito y salté a 1993.

22.00 horas Zona 7.12 de enero de 1993. Cuartel General Anexo, Servicio Temporal Rocallosos.

Me presenté al oficial de guardia y fui a mi cuarto con la intención de dormir una semana. Me había traído la botella que habíamos apostado (al fin y al cabo, la gané) y tomé un trago antes de escribir mi informe. El aguardiente tenía un gusto desagradable; me pregunté por qué me habría gustado alguna vez. Pero era mejor que nada: no me gusta estar completamente sobrio, pienso demasiado. Pero tampoco vivo pegado a la botella.
Dicté mi informe: cuarenta reclutamientos aprobados por el Departamento Psicológico, incluyendo el mío, que sería aprobado, sin duda. Pues yo estaba aquí, ¿no? Luego grabé una cinta pidiendo que me pasaran al cuerpo operativo; estaba harto de reclutamientos. Metí las dos grabaciones en la ranura y luego me acosté.
Mi mirada se posó en el cartelito con las Máximas del Tiempo, a los pies de mi cama:
Nunca dejes para ayer lo que puedes hacer mañana
Si al fin triunfas, no lo intentes otra vez
Una puntada a tiempo salva nueve billones
Las paradojas pueden ser paradoctoradas
Es más temprano de lo que piensas
Los antepasados son solo gente
Hasta el mismo Júpiter cabecea
Ya no me entusiasmaban tanto cuando era recluta; treinta años-subjetivos de saltos en el tiempo lo gastan a uno. Me desvestí y me miré el abdomen. Una cesárea deja una gran cicatriz, pero soy tan peludo ahora que no la veo, salvo que la busque.
Entonces eché un vistazo al anillo que llevo en el dedo.
La serpiente que se muerde eternamente la cola. – – Yo sé de dónde he venido – pero ¿de dónde han venido todos ustedes, zombies?
Sentía la inminencia de un dolor de cabeza, pero nunca tomo analgésicos. Una vez tomé.. – y todos ustedes se fueron.
Así que me metí en la cama y apagué la luz.
Ustedes no. Están ahí, realmente. Sólo yo estoy, no hay nadie sino yo – Jane – sola aquí en la oscuridad.
Los extraño tanto.

FIN

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El Hombre de Plata, de Isabel Allende

El Juancho y su perra «Mariposa» hacían el camino de tres kilómetros a la escuela dos veces al día. Lloviera o nevara, hiciera frío o sol radiante, la pequeña figura de Juancho se recortaba en el camino con la «Mariposa» detrás. Juancho le había puesto ese nombre porque tenía unas grandes orejas voladoras que, miradas a contra luz, la hacían parecer una enorme y torpe mariposa morena. Y también por esa manía que tenía la perra de andar oliendo las flores como un insecto cualquiera.
La «Mariposa» acompañaba a su amo a la escuela, y se sentaba a esperar en la puerta hasta que sonara la campana. Cuando terminaba la clase y se abría la puerta, aparecía un tropel de niños desbandados como ganado despavorido, y la «Mariposa» se sacudía la modorra y comenzaba a buscar a su niño. Oliendo zapatos y piernas de escolares, daba al fin con su Juancho y entonces, moviendo la cola como un ventilador a retropropulsión, emprendía el camino de regreso.
Los días de invierno anochece muy temprano. Cuando hay nubes en la costa y el mar se pone negro, a las cinco de la tarde ya está casi oscuro. Ese era un día así: nublado, medio gris y medio frío, con la lluvia anunciándose y olas con espuma en la cresta.
?Mala se pone la cosa, Mariposa. Hay que apurarse o nos pezca el agua y se nos hace oscuro… A mí la noche por estas soledades me da miedo, Mariposa ?decía Juancho, apurando el tranco con sus botas agujereadas y su poncho desteñido.
La perra estaba inquieta. Olía el aire y de repente se ponía a gemir despacito. Llevaba las orejas alertas y la cola tiesa.
?¿Qué te pasa? ?le decía Juancho?. No te pongas a aullar, perra lesa, mira que vienen las ánimas a penar…
A la vuelta de la loma, cuando había que dejar la carretera y meterse por el sendero de tierra que llevaba cruzando los potreros hasta la casa, la Mariposa se puso insoportable, sentándose en el suelo a gemir como si le hubieran pisado la cola. Juancho era un niño campesino, y había aprendido desde niño a respetar los cambios de humor de los animales. Cuando vio la inquietud de su perra, se le pusieron los pelos de punta.
?¿Qué pasa, Mariposa? ¿Son bandidos o son aparecidos? Ay… ¡Tengo miedo, Mariposa!
El niño miraba a su alrededor asustado. No se veía a nadie. Potreros silenciosos en el gris espeso del atardecer invernal. El murmullo lejano del mar y esa soledad del campo chileno.
Temblando de miedo, pero apurado en vista de que la noche se venía encima, Juancho echó a correr por el sendero, con el bolsón golpeándole las piernas y el poncho medio enredado. De mala gana, la Mariposa salió trotando detrás.
Y entonces, cuando iban llegando a la encina torcida, en la mitad del potrero grande, lo vieron.
Era un enorme plato metálico suspendido a dos metros del suelo, perfectamente inmóvil. No tenía puertas ni ventanas: solamente tres orificios brillantes que parecían focos, de donde salía un leve resplandor anaranjado. El campo estaba en silencio… no se oía el ruido de un motor ni se agitaba el viento alrededor de la extraña máquina.
El niño y la perra se detuvieron con los ojos desorbitados. Miraban el extraño artefacto circular detenido en el espacio, tan cerca y tan misterioso, sin comprender lo que veían.
El primer impulso, cuando se recuperaron, fue echar a correr a todo lo que daban. Pero la curiosidad de un niño y la lealtad de un perro son más fuertes que el miedo. Paso a paso, el niño y el perro se aproximaron, como hipnotizados, al platillo volador que descansaba junto a la copa de la encina.
Cuando estaban a quince metros del plato, uno de los rayos anaranjados cambió de color, tornándose de un azul muy intenso. Un silbido agudo cruzó el aire y quedó vibrando en las ramas de la encina. La Mariposa cayó al suelo como muerta, y el niño se tapó los oídos con las manos. Cuando el silbido se detuvo, Juancho quedó tambaleándose como borracho.
En la semi-oscuridad del anochecer, vio acercarse un objeto brillante. Sus ojos se abrieron como dos huevos fritos cuando vio lo que avanzaba: era un Hombre de Plata. Muy poco más grande que el niño, enteramente plateado, como si estuviera vestido en papel de aluminio, y una cabeza redonda sin boca, nariz ni orejas, pero con dos inmensos ojos que parecían anteojos de hombre-rana.
Juancho trató de huir, pero no pudo mover ni un músculo. Su cuerpo estaba paralizado, como si lo hubieran amarrado con hilos invisibles. Aterrorizado, cubierto de sudor frío y con un grito de pavor atascado en la garganta, Juancho vio acercarse al Hombre de Plata, que avanzaba muy lentamente, flotando a treinta centímetros del suelo.
Juancho no sintió la voz del Hombre de Plata, pero de alguna manera supo que él le estaba hablando. Era como si estuviera adivinando sus palabras, o como si las hubiera soñado y sólo las estuviera recordando.
?Amigo… Amigo… Soy amigo… no temas, no tengas miedo, soy tu amigo…
Poquito a poco el susto fue abandonando al niño. Vio acercarse al Hombre de Plata, lo vio agacharse y levantar con cuidado y sin esfuerzo a la inconsciente Mariposa, y llegar a su lado con la perra en vilo.
?Amigo… Soy tu amigo… No tengas miedo, no voy a hacerte daño… Soy tu amigo y quiero conocerte… Vengo de lejos, no soy de este planeta… Vengo del espacio… Quiero conocerte solamente…
Las palabras sin voz del Hombre de Plata se metieron sin ruido en la cabeza de Juancho y el niño perdió todo su temor. Haciendo un esfuerzo pudo mover las piernas. El extraño hombrecito plateado estiró una mano y tocó a Juancho en un brazo.
?Ven conmigo… Subamos a mi nave… Quiero conocerte… Soy tu amigo…
Y Juancho, por supuesto, aceptó la invitación. Dio un paso adelante, siempre con la mano del Hombre de Plata en su brazo, y su cuerpo quedó suspendido a unos centímetros del suelo. Estaba pisando el brillo azul que salía del platillo volador, y vio que sin ningún esfuerzo avanzaba con su nuevo amigo y la Mariposa por el rayo, hasta la nave.
Entró a la nave sin que se abrieran puertas. Sintió como si «pasara» a través de las paredes y se encontrara despertando de a poco en el interior de un túnel grande, silencioso, lleno de luz y tibieza.
Sus pies no tocaban el suelo, pero tampoco tenía la sensación de estar flotando.
?Soy de otro planeta… Vengo a conocer la Tierra… Descendí aquí porque parecía un lugar solitario… Pero estoy contento de haberte encontrado… Estoy contento de conocerte… Soy tu amigo…
Así sentía Juancho que le hablaba sin palabras el Hombre de Plata. La Mariposa seguía como muerta, flotando dulcemente en un colchón de luz.
?Soy Juancho Soto. Soy del Fundo La Ensenada. Mi papá es Juan Soto ?dijo el niño en un murmullo, pero su voz se escuchó profunda y llena de eco, rebotando en el túnel brillante donde se encontraba.
El Hombre de Plata condujo al niño a través del túnel y pronto se encontró en una habitación circular, amplia y bien iluminada, casi sin muebles ni aparatos. Parecía vacía, aunque llena de misteriosos botones y minúsculas pantallas.
?Este es un platillo volador de verdad ?dijo Juancho, mirando a su alrededor.
?Sí… Yo quiero conocerte para llevarme una imagen tuya a mi mundo… Pero no quiero asustarte… No quiero que los hombres nos conozcan, porque todavía no están preparados para recibirnos… ?decía silenciosamente el Hombre de Plata.
?Yo quiero irme contigo a tu mundo, si quieres llevarme con la Mariposa ?dijo Juancho, temblando un poco, pero lleno de curiosidad.
?No puedo llevarte conmigo… Tu cuerpo no resistiría el viaje… Pero quiero llevarme una imagen completa de ti… Déjame estudiarte y conocerte. No voy a hacerte daño. Duérmete tranquilo… No tengas miedo… Duérmete para que yo pueda conocerte…
Juancho sintió un sueño profundo y pesado subirle desde la planta de los pies y, sin esfuerzo alguno, cayó profundamente dormido.
El niño despertó cuando una gota de agua le mojaba la cara. Estaba oscuro y comenzaba a llover. La sombra de la encina se distinguía apenas en la noche, y tenía frío, a pesar del calor que le transmitía la Mariposa dormida debajo de su poncho. Vio que estaba descalzo.
?¡Mariposa! ¡Nos quedamos dormidos! Soñé con… ¡No! ¡No lo soñé! Es cierto, tiene que ser cierto que conocí al Hombre de Plata y estuve en el Platillo Volador ?miró a su alrededor, buscando la sombra de la misteriosa nave, pero no vio más que nubes negras. La perra despertó también, se sacudió, miró a su alrededor espantada, y echó a correr en dirección a la luz lejana de la casa de los Soto. Juancho la siguió también, sin pararse a buscar sus viejas botas de agua, y chapoteando en el barro, corrió a potrero abierto hasta su casa.
?¡Cabro de moledera! ¡Adonde te habías metido! ?gritó su madre cuando lo vio entrar, enarbolando la cuchara de palo de la cocina sobre la cabeza del niño. ¿Y tus zapatillas de goma? ¡A pata pelada y en la lluvia!
?Andaba en el potrero, cerca de la encina, cuando…, ¡Ay, no me pegue mamita!…, cuando vi al Hombre de Plata y el platillo flotando en el aire, sin alas…
?Ya mujer, déjalo. El cabro se durmió y estuvo soñando. Mañana buscará los zapatos. ¡A tomarse la sopa ahora y a la cama! Mañana hay que madrugar ?dijo el padre.
Al día siguiente salieron Juancho y su padre a buscar leña.
?Mira hijo… ¿Quién habrá prendido fuego cerca de la encina? Está todo este pedazo quemado. ¡Qué raro! Yo no vi fuego ni sentí olor a humo… Hicieron una fogata redondita y pareja, como una rueda grande ?dijo Juan Soto, examinando el suelo, extrañado.
El pasto se veía chamuscado y la tierra oscura, como si estuviera cubierta de ceniza. El lugar quemado estaba unos centímetros más bajo que el nivel del potrero, como si un peso enorme se hubiera posado sobre la tierra blanda.
Juancho y la Mariposa se acercaron cuidadosamente. El niño buscó en el suelo, escarbando la tierra con un palo.
?¿Qué buscas? ?preguntó su padre.
?Mis botas, taita… Pero parece que se las llevó el Hombre de Plata.
El niño sonrió, la perra movió el rabo y Juan Soto se rascó la cabeza extrañado.

F I N

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El Sexo y Yo, de Isabel Allende

CAPÍTULO 1

Mi vida sexual comenzó temprano, más o menos a los cinco años, en el kindergarten de las monjas ursulinas, en Santiago de Chile. Supongo que hasta entonces había permanecido en el limbo de la inocencia, pero no tengo recuerdos de aquella prístina edad anterior al sexo. Mi primera experiencia consistió en tragarme casualmente una pequeña muñeca de plástico.

-Te crecerá adentro, te pondrás redonda y después te nacerá un bebé

-me explicó mi mejor amiga, que acababa de tener un hermanito. ¡Un hijo! Era lo último que deseaba. Siguieron días terribles, me dio fiebre, perdí el apetito, vomitaba. Mi amiga confirmó que los síntomas, eran iguales a los de su mamá. Por fin una monja me obligó a confesar la verdad.

-Estoy embarazada -admití hipando.

Me vi cogida de un brazo y llevada por el aire hasta la oficina de la Madre Superiora. Así comenzó mi horror por las muñecas Y mi curiosidad por ese asunto misterioso cuyo solo nombre era impronunciable: sexo. Las niñas de mi generación carecíamos de instinto sexual, eso lo inventaron Master y Johnson mucho después. Sólo los varones padecían de ese mal que podía conducirlos al infierno y que hacía de ellos unos faunos en potencia durante todas sus vidas. Cuando una hacía alguna pregunta escabrosa, había dos tipos de respuesta, según la madre que nos tocara en suerte. La explicación tradicional era la cigüeña que venía de París y la moderna era sobre flores y abejas. Mi madre era moderna, pero la relación entre el polen y la muñeca en mi barriga me resultaba poco clara.

A los siete años me prepararon para la Primera Comunión. Antes de recibir la hostia había que confesarse. Me llevaron a la iglesia, me arrodillé detrás de una cortina de felpa negra y traté de recordar mi lista de pecados, pero se me olvidaron todos. En medio de la oscuridad y el olor a incienso escuché una voz con acento de Galicia.

-¿Te has tocado el cuerpo con las manos?

-Sí, padre.

¿A menudo, hija?

-Todos los días…

-¡Todos los días! ¡Esa es una ofensa gravísima a los ojos de Dios, la pureza es la mayor virtud de una niña, debes prometer que no lo harás más!

Prometí, claro, aunque no imaginaba cómo podría lavarme la cara o cepillarme los dientes sin tocarme el cuerpo con las manos. (Este traumático episodio me sirvió para “Eva Luna”, treinta y tantos años más tarde. Una nunca sabe para qué se está entrenando).

Nací al sur del mundo, durante la Segunda Guerra Mundial en el seno de una familia emancipada e intelectual en algunos aspectos y casi paleolítica en otros. Me crié en el hogar de mis abuelos, una casa estrafalaria donde deambulaban los fantasmas invocados por mi abuela con su mesa de tres patas. Vivían allí dos tíos solteros, un poco excéntricos, como casi todos los miembros de mi familia. Uno de ellos había viajado a la India y le quedó el gusto por los asuntos de los fakires, andaba apenas cubierto por un taparrabos recitando los 999 nombres de Dios en sánscrito. El otro era un personaje adorable, peinado como Carlos Gardel y amante apasionado de la lectura. (Ambos sirvieron de modelos -algo exagerados, lo admito- para Jaime y Nicolás en “La casa de los espíritus”). La casa estaba llena de libros, se amontonaban por todas partes, crecían como una flora indomable, se reproducían ante nuestros ojos. Nadie censuraba o guiaba mis lecturas y así leí al Marqués de Sade, pero creo que era un texto muy avanzado para mi edad, el autor daba por sabidas cosas que yo ignoraba por completo, me faltaban referencias elementales. El único hombre que había visto desnudo era mi tío, el fakir, sentado en el patio contemplando la luna y me sentí algo defraudada por ese pequeño apéndice que cabía holgadamente en mi estuche de lápices de colores. ¿Tanto alboroto por eso?

CAPÍTULO 2

A los once años yo vivía en Bolivia. Mi madre se había casado con un diplomático, hombre de ideas avanzadas, que me puso en un colegio mixto. Tardé meses en acostumbrarme a convivir con varones, andaba siempre con las orejas rojas y me enamoraba todos los días de uno diferente. Los muchachos eran unos salvajes cuyas actividades se limitaban al fútbol y las peleas del recreo, pero mis compañeras estaban en la edad de medirse el contorno del busto y anotar en una libreta los besos que recibían. Había que especificar detalles: quién, dónde, cómo. Había algunas afortunadas que podían escribir: Felipe, en el baño, con lengua. Yo fingía que esas cosas no me interesaban, me vestía de hombre y me trepaba a los árboles para disimular que era casi enana y menos sexy que un pollo. En la clase de biología nos enseñaban algo de anatomía y el proceso de fabricación de los bebés, pero era muy difícil imaginarlo. Lo más atrevido que llegamos a ver en una ilustración fue una madre amamantando a un recién nacido. De lo demás no sabíamos nada y nunca nos mencionaron el placer, así es que el meollo del asunto se nos escapaba ¿por qué los adultos hacían esa cochinada? La erección era un secreto bien guardado por los muchachos, tal como la menstruación lo era por las niñas. La literatura me parecía evasiva y yo no iba al cine, pero dudo que allí se pudiera ver algo erótico en esa época. Las relaciones con los muchachos consistían en empujones, manotazos y recados de las amigas: dice el Keenan que quiere darte un beso, dile que sí pero con los ojos cerrados, dice que ahora ya no tiene ganas, dile que es un estúpido, dice que más estúpida eres tú y así nos pasábamos todo el año escolar. La máxima intimidad consistía en masticar por turnos el mismo chicle. Una vez pude luchar cuerpo a cuerpo con el famoso Keenan, un pelirrojo a quien todas las niñas amábamos en secreto. Me sacó sangre de narices, pero esa mole pecosa y jadeante aplastándome contra las piedras del patio, es uno de los recuerdos más excitantes de mi vida. En otra ocasión me invitó a bailar en una fiesta. A La Paz no había llegado el impacto del rock que empezaba a sacudir al mundo, todavía nos arrullaban Nat King Cole y Bing Crosby (¡Oh, Dios! ¿Era eso la prehistoria?) Se bailaba abrazados, a veces chic-to-chic, pero yo era tan diminuta que mi mejilla apenas alcanzaba la hebilla del cinturón de cualquier joven normal. Keenan me apretó un poco y sentí algo duro a la altura del bolsillo de su pantalón y de mis costillas. Le di unos qolpecitos con las puntas de los dedos y le pedí que se quitara las llaves, porque me hacían daño. Salió corriendo y no regresó a la fiesta. Ahora, que conozco más de la naturaleza humana, la única explicación que se me ocurre para su comportamiento es que tal vez no eran las llaves.

En 1956 mi familia se había trasladado al Líbano y yo había vuelto a un colegio de señoritas, esta vez a una escuela inglesa cuáquera, donde el sexo simplemente no existía, había sido suprimido del universo por la flema británica y el celo de los predicadores. Beirut era la perla del Medio Oriente. En esa ciudad se depositaban las fortunas de los jeques, había sucursales de las tiendas de los más famosos modistos y joyeros de Europa, los Cadillacs con ribetes de oro puro circulaban en las calles junto a camellos y mulas. Muchas mujeres ya no usaban velo y algunas estudiantes se ponían pantalones, pero todavía existía esa firme línea fronteriza que durante milenios separó a los sexos. La sensualidad impregnaba el aire, flotaba como el olor a manteca de cordero, el calor del mediodía y el canto del muecín convocando a la oración desde el alminar. El deseo, la lujuria, lo prohibido… Las niñas no salían solas y los niños también debían cuidarse. Mi padrastro les entregó largos alfileres de sombrero a mis hermanos, para que se defendieran de los pellizcos en la calle. En el recreo del colegio pasaban de mano en mano foto-novelas editadas en la India con traducción al francés, una versión muy manoseada de “El amante de Lady Chaterley” y pocket-books sobre orgías de Calígula. Mi padrastro tenía “Las Mil y Una Noches” bajo llave en su armario, pero yo descubrí la manera de abrir el mueble y leer a escondidas trozos de esos magníficos libros de cuero rojo con letras de oro. Me zambullí en el mundo sin retorno de la fantasía, guiada por huríes de piel de leche, genios que habitaban en las botellas y príncipes dotados de un inagotable entusiasmo para hacer el amor. Todo lo que había a mi alrededor invitaba a la sensualidad y mis hormonas estaban a punto de explotar como granadas, pero en Beirut vivía prácticamente encerrada. Las niñas decentes no hablaban siquiera con muchachos, a pesar de lo cual tuve un amigo, hijo de un mercader de alfombras, que me visitaba para tomar Coca-Cola en la terraza. Era tan rico, que tenía motoneta con chófer. Entre la vigilancia de mi madre y la de su chófer, nunca tuvimos ocasión de estar solos.

CAPÍTULO 3

Yo era plana. Ahora no tiene importancia, pero en los cincuenta eso era una tragedia, los senos eran considerados la esencia de la feminidad. La moda se encargaba de resaltarlos: sweater ceñido, cinturón ancho de elástico, faldas infladas con vuelos almidonados. Una mujer pechugona tenía el futuro asegurado. Los modelos eran Jane Mansfield, Gina Lollobrigida, Sofia Loren. ¿Qué podía hacer una chica sin pechos? Ponerse rellenos. Eran dos medias esferas de goma que a la menor presión se hundían sin que una lo percibiera. Se volvían súbitamente cóncavos, hasta que de pronto se escuchaba un terrible plop-plop y las gomas volvían a su posición original, paralizando al pretendiente que estuviera cerca y sumiendo a la usuaria en atroz humillación. También se desplazaban y podía quedar una sobre el esternón y la otra bajo el brazo, o ambas flotando en la alberca detrás de la nadadora. En 1958 el Líbano estaba amenazado por la guerra civil. Después de la crisis del Canal de Suez se agudizaron las rivalidades entre los sectores musulmanes, inspirados en la política panarábiga de Gamal Abder Nasser, y el gobierno cristiano. El Presidente Camile Chamoun pidió ayuda a Eisenhower y en julio desembarcó la VI Flota norteamericana. De los portaaviones desembarcaron cientos de marines bien nutridos y ávidos de sexo. Los padres redoblaron la vigilancia de sus hijas, pero era imposible evitar que los jóvenes se encontraran. Me escapé del colegio para ir a bailar con los yanquis. Experimenté la borrachera del pecado y del rock n’roll. Por primera vez mi escaso tamaño resultaba ventajoso, porque con una sola mano los fornidos marines podían lanzarme por el aire, darme dos vueltas sobre sus cabezas rapadas y arrastrarme por el suelo al ritmo de la guitarra frenética de Elvis Presley. Entre dos volteretas recibí el primer beso de mi carrera y su sabor a cerveza y a Ketchup me duró dos años. Los disturbios en el Líbano obligaron a mi padrastro a enviar a los niños de regreso a Chile. Otra vez viví en la casa de mi abuelo. A los quince años, cuando planeaba meterme a monja para disimular que me quedaría solterona, un joven me distinguió por allí abajo, sobre el dibujo de la alfombra, y me sonrió. Creo que le divertía mi aspecto. Me colgué de su cintura y no lo solté hasta cinco años después, cuando por fin aceptó casarse conmigo.

La píldora anticonceptiva ya se había inventado, pero en Chile todavía se hablaba de ella en susurros. Se suponía que el sexo era para los hombres y el romance para las mujeres, ellos debían seducirnos para que les diéramos “la prueba de amor” y nosotras debíamos resistir para llegar “puras” al matrimonio, aunque dudo que muchas lo lograran. No sé exactamente cómo tuve dos hijos.

Y entonces sucedió lo que todos esperábamos desde hacía varios años. La ola de liberación de los sesenta recorrió América del Sur y llegó hasta ese rincón al final del continente donde yo vivía. Arte pop, mini-falda, droga, sexo, bikini y los Beattles. Todas imitábamos a Brigitte Bardot, despeinada, con los labios hinchados y una blusita miserable a punto de reventar bajo la presión de su feminidad. De pronto un revés inesperado: se acabaron las exuberantes divas francesas o italianas, la moda impuso a la modelo inglesa Twiggy, una especie de hermafrodita famélico. Para entonces a mí me habían salido pechugas, así es que de nuevo me encontré al lado opuesto del estereotipo. Se hablaba de orgías, intercambio de parejas, pornografía. Sólo se hablaba, yo nunca las vi. Los homosexuales salieron de la oscuridad, sin embargo yo cumplí 28 anos sin imaginar cómo lo hacen. Surgieron los movimientos feministas y tres o cuatro mujeres nos sacamos el sostén, lo ensartamos en un palo de escoba y salimos a desfilar, pero como nadie nos siguió, regresamos abochornadas a nuestras casas. Florecieron los hippies y durante varios años anduve vestida con harapos y abalorios de la India. Intenté fumar mariguana pero después de aspirar seis cigarros sin volar ni un poco, comprendí que era un esfuerzo inútil. Paz y amor. Sobre todo amor libre, aunque para mí llegaba tarde, porque estaba irremisiblemente casada.

Mi primer reportaje en la revista donde trabajaba fue un escándalo. Durante una cena en casa de un renombrado político, alguien me felicitó por un artículo de humor que había publicado y preguntó si no pensaba escribir algo en serio. Respondí lo primero que me vino a la mente: sí, me gustaría entrevistar a una mujer infiel. Hubo un silencio gélido en la mesa y luego la conversación derivó hacia la comida. Pero a la hora del café la dueña de casa -treinta y ocho años, delgada, ejecutiva en una oficina gubernamental, traje Chanel- me llevó aparte y me dijo que sí le juraba guardar el secreto de su identidad, ella aceptaba ser entrevistada. Al día siguiente me presenté en su oficina con una grabadora. Me contó que era infiel porque disponía de tiempo libre después de almuerzo, porque el sexo era bueno para el ánimo, la salud y la propia estima y porque los hombres no estaban tan mal, después de todo. Es decir, por las mismas razones de tantos maridos infieles, posiblemente el suyo entre ellos. No estaba enamorada, no sufría ninguna culpa, mantenía una discreta garçonière que compartía con dos amigas tan liberadas cómo ella. Mi conclusión, después de un simple cálculo matemático, fue que las mujeres son tan infieles como los hombres, porque si no ¿con quién lo hacen ellos? No puede ser solo entre ellos o todos siempre con el mismo puñado de voluntarias. Nadie perdonó el reportaje, como tal vez lo hubieran hecho si la entrevistada tuviera un marido en silla de ruedas y un amante desesperado. El placer sin culpa ni excusas resultaba inaceptable en una mujer. A la revista llegaron cientos de cartas insultándonos. Aterrada, la directora me ordenó escribir un artículo sobre “la mujer fiel”. Todavía estoy buscando una que los sea por buenas razones.

CAPÍTULO 4

Y eran tiempos de desconcierto y confusión para las mujeres de mi edad. Leíamos el Informe Kinsey, el Kamasutra y los libros de las feministas norteamericanas, pero no lográbamos sacudirnos la moralina en que nos habían criado. Los hombres todavía exigían lo que no estaba dispuestos a ofrecer, es decir, que sus novias fueran vírgenes y sus esposas castas. Las parejas entraron en crisis, casi todas mis amistades se separaron. En Chile no hay divorcio, lo cual facilita las cosas, porque la gente se separa y se junta sin trámites burocráticos. Yo tenía un buen matrimonio y drenaba la mayor parte de mis inquietudes en mi trabajo. Mientras en la casa actuaba como madre y esposa abnegada, en la revista y en mi programa de televisión aprovechaba cualquier excusa para hacer en público lo que no me atrevía a hacer en privado, por ejemplo, disfrazarme de corista, con plumas de avestruz en el trasero y una esmeralda de vidrio pegada en el ombligo.

En 1975 mi familia y yo abandonamos Chile, porque no podíamos seguir viviendo bajo la dictadura del General Pinochet. El apogeo de la liberación sexual nos sorprendió en Venezuela, un país cálido, donde la sensualidad se expresa sin subterfugios. En las playas se ven machos bigotudos con unos bikinis diseñados para resaltar lo que contienen. Las mujeres más hermosas del mundo (ganan todos los concursos de belleza), caminan por la calle buscando guerra, al son de una música secreta que llevan en las caderas.

En la primera mitad de los 80 no se podía ver ninguna película, excepto las de Walt Disney, sin que aparecieran por lo menos dos criaturas copulando. Hasta en los documentales científicos había amebas o pingüinos que lo hacían. Fui con mi madre a ver “El Imperio de los Sentidos” y no se inmutó. Mi padrastro les prestaba sus famosos libros eróticos a los nietos, porque resultaban de una ingenuidad conmovedora comparados con cualquier revista que podían comprar en los kioskos. Había que estudiar mucho para salir airosa de las preguntas de los hijos (mamá ¿qué es pedofilia?) y fingir naturalidad cuando las criaturas inflaban condones y los colgaban como globos en las fiestas de cumpleaños. Ordenando el closet de mi hijo adolescente encontré un libro forrado en papel marrón y con mi larga experiencia adiviné el contenido antes de abrirlo. No me equivoqué, era uno de esos modernos manuales que se cambian en el colegio por estampas de futbolistas. Al ver a dos amantes frotándose con mousse de salmón me di cuenta de todo lo que me había perdido en la vida. ¡Tantos años cocinando y desconocía los múltiples usos del salmón! ¿En que habíamos estado mi marido y yo durante todo ese tiempo? Ni siquiera teníamos un espejo en el techo del dormitorio. Decidimos ponernos al día, pero después de algunas contorsiones muy peligrosas -como comprobamos más tarde en las radiografías de columna- amanecimos echándonos linimento en las articulaciones, en vez de mousse en el punto G.

Cuando mi hija Paula terminó el colegio entró a estudiar Psicología con especialización en sexualidad humana. Le advertí que era una imprudencia, que su vocación no sería bien comprendida, no estábamos en Suecia. Pero ella insistió. Paula tenia un novio siciliano cuyos planes eran casarse por la iglesia y engendrar muchos hijos, una vez que ella aprendiera a cocinar pasta. Físicamente mi hija engañaba a cualquiera, parecía una virgen de Murillo, grácil, dulce, de pelo largo y ojos lánguidos, nadie imaginaría que era experta en esas cosas. En medio del Seminario de Sexualidad yo hice un viaje a Holanda y ella me llamó por teléfono para pedirme que le trajera cierto material de estudio. Tuve que ir con una lista en la mano a una tienda en Amsterdam y comprar unos artefactos de goma rosada en forma de plátanos. Eso no fue lo más bochornoso. Lo peor fue cuando en la aduana de Caracas me abrieron la maleta y tuve que explicar que no eran para mí, sino para mi hija… Paula empezó a circular por todas partes con una maleta de juguetes pornográficos y el siciliano perdió la paciencia. Su argumento me pareció razonable: no estaba dispuesto a soportar que su novia anduviera midiéndole los orgasmos a otras personas. Mientras duraron los cursos, en casa vimos videos con todas las combinaciones posibles: mujeres con burros, parapléjicos con sordomudas, tres chinas y un anciano, etc. Venían a tomar el té transexuales, lesbianas, necrofílicos, onanistas, y mientras la virgen de Murillo ofrecía pastelitos, yo aprendía cómo los cirujanos convierten a un hombre en mujer mediante un trozo de tripa.

La verdad es que pasé años preparándome para cuando nacieran mis nietos. Compré botas con tacones de estilete, látigos de siete puntas, muñecas infladas con orificios practicables y bálsamos afrodisiacos, aprendí de memoria las posiciones sagradas del erotismo hindú y cuando empezaba a entrenar al perro para fotos artísticas, apareció el Sida y la liberación sexual se fue al diablo. En menos de un año todo cambio. Mi hijo Nicolás se cortó los mechones verdes que coronaban su cabeza, se quitó sus catorce alfileres de las orejas y decidió que era más sano vivir en pareja monógama. Paula abandonó la sexología, porque parece que ya no era rentable, y en cambio se propuso hacer una maestría en educación cognoscitiva y aprender a cocinar pasta con la esperanza de encontrar otro novio. Lo encontró, se casaron y luego vino la muerte y se la llevó, pero esa es otra historia. Yo compré ositos de peluche para los futuros nietos, me comí la mousse de salmón y ahora cuido mis flores y mis abejas.

FIN

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